Descripción
Abadan, mil novecientos treinta y cinco. El turno de la mañana empieza a las seis.
Para entender cómo fue posible que eso ocurriera, hay que ir atrás. Hay que ir al siglo diecinueve, cuando Persia, que todavía no se llamaba Irán oficialmente, se convirtió en el tablero de ajedrez de dos imperios que jugaban una partida gigantesca.
Diez años después del boicot del tabaco, en mil novecientos uno, un empresario australiano llamado William Knox D'Arcy obtuvo del Shah Mozaffar ad-Din una concesión para explorar petróleo en el ochenta por ciento del territorio iraní. A cambio, Irán recibió veinte mil libras esterlinas, el equivalente a lo que la Anglo-Persian Oil Company ganaría en unas pocas horas una vez que la explotación estuviera en marcha, y una promesa del dieciséis por ciento de los beneficios netos. Los términos exactos de lo que se consideraba beneficio neto los calcularía la empresa. El Gobierno iraní no tendría acceso a los libros contables.
En mil novecientos cuarenta y uno, durante la Segunda Guerra Mundial, los aliados anglosoviéticos invadieron Irán para asegurar la ruta de suministro hacia la Unión Soviética. El Shah Reza Pahlavi, que gobernaba desde mil novecientos veinticinco y que había mantenido cierta ambigüedad respecto a las potencias del Eje, fue forzado a abdicar. Su hijo, Mohammad Reza Shah Pahlavi, de veintiún años, lo sustituyó. Los aliados querían un Shah joven y manejable. Lo consiguieron.
La respuesta de Londres no se hizo esperar.