Descripción
Isfahan, año mil quinientos dos. El bazar todavía huele a lo mismo que siempre: cuero curtido, especias del este, lana húmeda, brasas de carbón. Los mercaderes abrieron sus tenderetes antes del amanecer como llevan haciendo toda su vida, y las voces de los pregoneros rebotan entre los arcos de ladrillo como si el mundo fuera el mismo que ayer.
El profeta Mahoma murió el ocho de junio del año seiscientos treinta y dos. Murió sin dejar instrucciones escritas y definitivas sobre quién debía gobernar la comunidad islámica, la umma, después de él. O al menos eso es lo que sostiene una parte de sus seguidores. La otra parte sostiene que sí las dejó. Y que esas instrucciones fueron ignoradas.
La hermana de Husayn se llamaba Zainab bint Alí. Era una mujer de unos cincuenta años. Había visto morir a su hermano y a casi todos los hombres de su familia. Llegó a Damasco encadenada, como prisionera, a la corte del hombre que había ordenado todo aquello.
Durante los ocho siglos siguientes a Karbala, el chiismo fue la fe de una minoría perseguida dentro del mundo islámico. Los doce imames que los chiítas duodecimanos reconocen como autoridades legítimas fueron, sin excepción, asesinados o murieron bajo arresto. El duodécimo imán, Muhammad al-Mahdi, desapareció cuando era niño, en el año ochocientos setenta y cuatro. Los chiítas creen que no murió, sino que entró en un estado de ocultación, que está presente pero invisible, y que reaparecerá al final de los tiempos para restaurar la justicia en el mundo.
El joven que entró en Tabriz en mil quinientos uno y se coronó Shah tenía catorce años. Se llamaba Ismail I y pertenecía a la orden sufí Safawiyya, que con el tiempo había adoptado una orientación chií. Lo que Ismail I hizo al llegar al poder no tiene precedente en la historia del islam. Declaró el chiismo duodecimano religión oficial del Estado y lo impuso sobre toda la población del territorio que controlaba. No como invitación. Como ley.